Carmen GomezUn día a la semana voy a visitar a pacientes de cáncer, para hacer que por un momento se olviden de la enfermedad, se sientan personas normales y no sean tratados como enfermos, que es de lo que más se lamentan en general. Finalmente siguen siendo las mismas personas y todos coinciden: “No somos la enfermedad”. Es lo que oímos una y otra vez; sin embargo, los sanos se empeñan en tratarles de forma distinta.

 De vez en cuando, te encuentras con pacientes que los profesionales de la sanidad llaman excepcionales. Os voy a contar una pequeña historia de una paciente excepcional.

 Hace un tiempo, al entrar en una de las habitaciones, nos encontramos con una señora diminuta, muy risueña, sentada en el sillón delante de una mesita. Nos invitó a pasar y a sentarnos, haciéndonos sentir que estábamos en el salón de su casa, pero sobre todo nos hizo un gran regalo y quiero compartirlo.

 “Me voy a presentar, soy M………, tengo 92 años y mediooooo, soy viuda desde hace 14 años y desde hace 10 vengo al hospital de vez en cuando por este cáncer que tengo”, y nos señaló todo el lateral de la cabeza. “No lo pueden operar y vengo a que me hagan la puesta a punto”.

“Tengo 16 hijos, 40 nietos y 9 biznietos; tengo ganas de irme con mi marido, pero ya le he dicho que me espere”, y señalando el móvil y la tablet que tiene sobre la mesa, “ya que no me iré mientras tenga algo que aprender y enseñar”.

Nunca olvidaré la gran lección recibida ese día y, aunque no he vuelto a verla, siempre recordaré esos ojos tan llenos de luz, vida, sabiduría. Y trataré de seguir su consejo: disfrutar cada minuto aprendiendo, enseñando, respirando, dando gracias a la vida.