lolaQuiero contar lo que me sucedió la otra noche, una noche corriente, en una ciudad corriente como Madrid, algo tan cotidiano y a la vez tan especial, que he querido dejarlo plasmado sobre el papel, primero en mi cuaderno y luego compartirlo con vosotros.

Pasé el día en casa de mi madre con mi perra y cuando regresaba a casa me sorprendió la lluvia, yo iba por la Gran Vía, y decidí tomar un taxi para no mojarnos.

Crucé la acera y vi un taxi parado. Me extrañó, pensé que estaría esperando o dejando a algún pasajero, no alcanzaba a verlo con detalle. Cuando me acerqué vi que estaba parado sin más, poco antes de que el semáforo se hubiera puesto en rojo. Le indiqué que si podía subir con la perrita y me dijo que sí con una abierta sonrisa.

Laika pasó delante, ávida de inspeccionar el vehículo, pero en seguida se sentó en el suelo. El taxista me dijo que se notaba que el perro estaba acostumbrado a viajar en coche, y que la notaba tranquila. A mí me sorprendió lo relajada que estaba, porque su curiosidad natural la lleva a inspeccionarlo todo, durante al menos unos minutos.

angeles2Nos pusimos a charlar, y yo empecé a sentir una sensación de relajamiento y sosiego, parecida a la que suelo experimentar en las clases de yoga o meditación, y francamente me sorprendió, en un taxi en Madrid ––un espacio tan pequeño y con tanto tránsito de personas.

Empecé a hablar con el taxista, le dije que Laika estaba muy tranquila y que la sensación de paz y la energía de su taxi eran poco corrientes en un vehículo público. Él no pareció sorprendido, ya lo sabía porque se lo decían muchas de las personas que se montaban.

Me dijo que a él le gustaba trabajar en la noche, él buscaba la paz, y por la noche la gente solía ir más relajada, estaba más distendida fuera de los horarios del trabajo y el tráfico era menor. A él le iba bien ese horario, que llegaba a su casa a las siete de la mañana y llamaba a su madre a Colombia: allí eran las doce de la noche y de alguna manera sintonizaba con el horario de su tierra, echándose a dormir hasta las tres de la tarde.

Estaba contento con esa profesión: le iba bien económicamente, tenía prosperidad y en siete u ocho horas de trabajo sacaba un buen sueldo, más que muchos de sus compañeros.

Las personas que se subían al taxi le contaban sus pequeños problemas de la vida, él las escuchaba y al final les daba algún consejo o mensaje. Me pareció algo precioso.

Pensé entonces en que cada uno tenemos en la vida nuestro trabajo o misión, y que desde el amor y la capacidad de servicio llegamos al corazón de los demás. Desde lo cotidiano y lo corriente hay muchos seres que transmiten su luz y amor a los demás, se dediquen a la profesión que se dediquen.

Con este artículo quiero rendir un homenaje a todos los bellos seres que hacen el día a día de las personas más fácil, desde su humildad, sencillez y amor.

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