Es deseo de todos estar libres de miedos, incluso he escuchado que la felicidad consiste en la ausencia de miedo. Sin embargo, estamos hablando de una emoción no solo necesaria, sino pilar para construir una existencia armónica. El miedo es la primera emoción, la que garantizó nuestra supervivencia al defendernos de las amenazas y la única responsable de nuestra seguridad.

 

El miedo auténtico es la emoción que nos permite detectar las amenazas, los riesgos y los peligros y ponerles límites para sentirnos seguros. Por ejemplo: un dolor de garganta puede ser la amenaza de un daño mayor, una persona que te invade es una amenaza a tu intimidad o a tu espacio, alguien que te interrumpe constantemente es una amenaza a que te puedas expresar, cuando impones tu razón a tus hijos eres tú la amenaza que les coarta su libertad. Es decir, la amenaza es la antesala de un mal mayor y la primera oportunidad para cerrarte a riesgos y ponerte a salvo.

 

Quien gestiona adecuadamente esta emoción es una persona segura porque es capaz de diagnosticar todo aquello que en el futuro le puede invadir, alterar su equilibrio natural o perturbar su bienestar y, además, es una persona capaz de establecer los límites apropiados -incluyendo decir NO-, fundamentándose en el respeto a sí mismo. Al hacer algo para que retroceda la amenaza está evitando pérdidas y conflictos futuros, por tanto, su vida será más segura y armónica. Lo más importante es que esta emoción nos permite conocernos a nosotros mismos y a los demás, así podrás saber de quién te puedes fiar y a quién debes evitar.

 

Pero lo habitual es no gestionar bien el miedo. Las personas que sufren exceso de miedo ven amenazas por todas partes. No son peligros reales, es su imaginación que los vive así. Por eso, están siempre cerrados, no se aventuran ni implican. Cada nuevo suceso es un posible riesgo, un motivo de desconfianza, un temor paralizante. Sentirte impotente, apocado, insignificante, cobarde, inferior, se debe a un miedo disfuncional provocado por la errónea percepción de algo amenazante.

 

Como la función del miedo es cerrarte para que no te invadan los peligros y su finalidad es garantizar tu seguridad, en cuanto tu mente interpreta que una situación conlleva riesgos, activa inmediatamente la emoción miedo para defendente. Si la percepción de la situación es real, la emoción es muy útil pues activa una alerta que te moverá a poner los límites necesarios y apropiados para que tu bienestar no mengüe. Ahora bien, si la percepción del estímulo es falsa porque no existe ninguna amenaza ni peligro más que en tu imaginación, el miedo igualmente entrará en funcionamiento, pero esta vez para bloquearte, paralizarte o limitarte, de manera que te cerrarás a nuevas y deseables oportunidades.

 

No es la emoción miedo la culpable de nuestros temores más arraigados como el miedo al fracaso, a la soledad, a la enfermedad, al rechazo, al éxito, sino la percepción que cada uno tenga del peligro. Una mujer tiene miedo a que sus hijos enfermen. ¿Ese miedo es real? Si están enfermos o tienen genéticamente un patrón que induce a cierta enfermedad, ese miedo es auténtico y le ayudará a poner los límites adecuados, como chequeos médicos para prevenir complicaciones. Pero si nada hace prever ninguna enfermedad, ese miedo será disfuncional y conducirá a esa mujer a poner límites innecesarios y castrantes, a no dejar casi vivir a sus hijos en libertad por un falso miedo, por una amenaza irreal. Los niños no se sentirán seguros a su lado. Si nada indica el riesgo de enfermedad, la emoción que le corresponde manifestar a esta mujer es la alegría de disfrutar de la estupenda salud de sus hijos.

 

También existen las personas con defecto de miedo y esto es tan negativo como la situación descrita anteriormente. La ausencia de miedo implica no ver los riesgos reales y lanzarse a los peligros evitando por completo los límites. Así, se convierten en seres invasivos, irrespetuosos, avasalladores, imprudentes, inconscientes o interesados. Todo ello debido a que en su interpretación de la realidad, las amenazas  no son vistas como un obstáculo sino como una oportunidad que no quieren perder.

 

El miedo auténtico es una maravillosa emoción que nos permite sentirnos seguros, rodeándonos de entornos sanos, respetándonos y haciéndonos respetar, y limitando el acceso de cualquier amenaza susceptible de alterar o modificar nuestro bienestar. Las claves para su correcta gestión son la observación y el diagnóstico.

 

Si quieres una vida segura, observa, diagnostica y pon límites en cuanto detectes algún tipo de riesgo o invasión. El valor de la emoción miedo bien gestionada es inmenso.