Nací y crecí en un tiempo moderno de gran desarrollo tecnológico, en el que la vida en la ciudades es cada vez más agitada y ruidosa, con poco espacio para percibir los cambios y los ciclos de la naturaleza, incluida la nuestra como seres humanos en constante movimiento.
Hoy quiero dedicar un tiempo a honrar mi naturaleza, atender mis biorritmos y su sincronicidad con las estaciones. Detenerme a observarme, aprovechar la energía del invierno y sentir esta estación también en mí. Entonces me doy cuenta que parece que mi energía se paraliza, mi mente está menos permeable, menos activa, mi cuerpo se retira, se recoge y tengo la sensación de que no hay ningún sitio al que tenga que llegar, solo estar donde estoy, relajarme y reposar. Como mujer, hija de una cultura patriarcal, este es un valor que me ha costado aceptar e integrar en mi vida, el tiempo del descanso, del no hacer, simplemente ser y estar. Acostumbrada a orientarme en la vida por la productividad y la acción, la consecución de logros y objetivos en pos del reconocimiento, esto de contemplar y armonizar mi ciclo con las cualidades del reposo y el silencio es algo que se me ha revelado como novedoso y con lo que me he peleado en varias ocasiones.
En mi camino, he ido aprendiendo a conocer con más profundidad esta energía, a comprenderla, a estarme respetuosa y amable con ella y a confiar en su hacer imperceptible y en la medicina que porta, la medicina del
descanso. Ha sido un proceso de gran riqueza aprender a confiar en esta dimensión de la experiencia que no se ve y que probablemente durante cierto tiempo tampoco se puede nombrar, se siente.
Confiar y dar valor a la medicina de lo femenino, esa energía sutil que nos conecta con los ciclos y la con la impermanencia. Medicina que nos lleva a reconocer que hay algo mayor que la propia mente individual y sus intenciones, algo mayor que el ego y la propia personalidad, que existe algo que contiene todo eso y que tiene tiempos y caminos que nuestra mente humana desconoce, una dimensión que recuerda la magia, el misterio y la intuición. Una dimensión que es parte esencial de la vida y que hemos aprendido a dejar de lado, incluso a luchar con ella. Reconociendo estas dos dimensiones de la experiencia, mi voluntad personal y esta otra voluntad mayor, voy pudiendo aprender a transitar mis inviernos con mayor ligereza, a relajar mi deseo y poner mi voluntad al servicio de la vida y no intentar dirigir la vida al servicio de mi voluntad.
Me doy permiso para percibir como cambia mi energía que rota del exterior hacia el interior, del plano de la mente consciente al de la mente inconsciente y permito que en el interior de mi cuerpo todo se mueva como tiene que ser, esto me alivia y da serenidad.
Este tiempo me invita a ser paciente, a saber esperar y acompañarme, atender a lo que me hace bien, a cuidar de mi cuerpo, procurar ricos y sanos alimentos, disfrutar de buena compañía, pasear por los parques y bosques, respirar conscientemente, meditar, jugar, reír, sorprenderme, mirarme y mirar el mundo con curiosidad, sorpresa e inocencia.
Hoy soy la observadora, contemplativa, no salgo a buscar, no soy generadora, no persigo un sueño, no voy a materializar, dejo que suceda. Desde mi receptividad y apertura, me entrego al descanso, al silencio y escucho.
Dentro de cada persona los inviernos aparecen, a veces no coinciden con las estaciones
que vivimos fuera, reconocerlos es una buena manera de elegir cómo queremos atravesarlos.