Tal vez sea esta, querido lector, la primera vez que ves estas palabras juntas. Las tres son poderosas fuerzas que operan en el universo y por supuesto en nosotros influyendo en nuestra vida. Digamos que sin ellas el universo no se movería. Distinguir a cada una y reconocer su poder es muy importante, ya que hasta ahora hay una gran confusión respecto a cada una de ellas y, por supuesto, nada se habla de su especial relación.

Definamos cada una de ellas. El amor es la fuerza unitiva del universo que tiende a crear nuevas relaciones y a conectar cada parte del universo con las demás. La sexualidad es la fuerza creadora y está presente en todo organismo vivo. Gracias a ella la vida se expande y se perpetúa sobre la tierra. Allí donde seguimos un impulso creativo irrefrenable también está la libido. Eros representa la fusión entre la energía creadora (sexualidad) y la energía unificadora (amor). Lo característico de la energía erótica es su condición voluble, es decir, llega cuando quiere y cuando quiere también se va. Eros es tremendamente arrebatador y muy pocos seres logran resistir su impulso (solamente individuos extremadamente poseídos por el miedo a cualquier relación y al dolor emocional, relacionan placer con dolor y se refugian en el ascetismo o en el misticismo).  Eros no puede ser domeñado ni controlado por nuestra intención, por lo cual nadie sabe ni cuándo ni de quien se va a enamorar; no podemos, por lo tanto, enamorarnos a voluntad, ni de la misma forma desenamorarnos.

La función de Eros es la de sacarnos del estado de marasmo y pasividad emocional y vital, de tal manera que de pronto, el ser más egoísta puede, merced a él, volverse extraordinariamente generoso y el alma más cerrada, abierta al mundo. Eros nos transforma y “nos muele para hacernos harina y convertirnos en pan de vida,” como dice Khalil Gibrán en su obra El Profeta. Por lo tanto, el poder de este dios es el de transmutarnos y reconvertirnos. Podemos decir que es un heraldo o un mensajero de la verdadera felicidad que llegará cuando, ante su retirada, la pareja se quede a merced de su propia voluntad y creatividad para conseguir forjar una relación profunda y duradera. Este es un momento crucial para la pareja, ya que sin la fuerza arrebatadora del enamoramiento tiene que sostener la relación ante la realidad de ambas personas, realidad que aparece cuando la epidermis de la relación, basada en los aspectos superficiales, descubre los aspectos profundos, muchas veces nada agradables. El error estriba demasiadas veces en confundir Eros con el amor y creer que, cuando el deslumbramiento  y la pasión se retiran, también lo hace aquel, sucediendo en realidad que está echando a andar. La presencia del dios Eros no es más que un anuncio de lo que será el verdadero amor; es, digámoslo, su mensajero y un puente hacia él.

El amor hace que nos precipitemos en el abismo del alma del otro y que tal unión nos lleve a un mejor conocimiento de nosotros mismos y de nuestra compañera o compañero. La idea de que ya lo conocemos lo suficiente, que nada más se puede sacar de él o de ella, resulta nefasta para la relación y es lo que la conduce a la rutina, al aburrimiento y a la falta de entusiasmo, siendo el momento en el cual Eros la abandona.

Sin embargo, la finalidad del amor se cumple cuando cada uno de los componentes de la pareja o del matrimonio se entrega a la aventura de conocer al otro haciendo de ello un viaje sin final. Cuando dos almas se encuentran en el camino para acompañarse mutuamente es para entregarse a la aventura interior en un viaje donde cada alma no deja de revelarse ante sí misma y ante su compañero bajo aspectos nuevos y sorprendentes. Esta es la función espiritual del matrimonio y lo que hace que el huidizo Eros regrese a la pareja.

Las relaciones sanas tienen una equilibrada presencia de estos tres poderes: amor, eros y sexualidad, y hasta lograrlo, como veremos en el artículo de la próxima edición, se dan variadas combinaciones que hacen inclinarse a la pareja y al matrimonio hacia uno u otro aspecto poniendo en peligro su estabilidad.