¿Los servicios de mantenimiento del arbolado en ciudades son conscientes del gran valor de nuestro patrimonio arbóreo? Decidme cómo es un árbol pedía Marcos Ana, tras más de veinte años de cautividad. El poeta y compañero de celda de Miguel Hernández sentía la separación de la naturaleza como lo más duro de su condena. Los árboles, estén donde estén, en su medio natural o en las ciudades, siempre aportan lo mejor de sí mismo para todos los que les rodean. No permitamos que nuestros niños repitan esa dolorosa súplica decidme cómo es un árbol. Los árboles son vida, son belleza, hablan de libertad y, para nuestro bienestar, son fundamentales. En agosto, al medio día, es agotador y ¡hasta dañino! andar por una amplia avenida soleada sin árboles. Por el contrario, aún en la más cálida de las ciudades, caminar amparados por las copas de árboles de buen porte, se convierte en un agradable y bello paseo.

 

En efecto, los grandes árboles no solo dan alegría y belleza a la vista, sino que regulan el clima y lo hacen más acogedor para todos nosotros. Si a esto le añadimos la extraordinaria longevidad de algunas especies, nos encontramos con unos seres que nos invitan a la meditación. Frente a la fugacidad de los valores de la imperante sociedad de consumo, los grandes árboles centenarios aportan alma a la ciudad, nos ponen en comunicación con generaciones de personas que han vivido a su sombra y que gracias a ellas, a su trabajo, a sus ilusiones, existen las ciudades donde estos árboles han fructificado. Sentados bajo su cobijo, nos damos cuenta que somos simples pasajeros en este mundo. Estos árboles no nos pertenecen solo a nosotros, pertenecen a la historia del lugar. Es un patrimonio que compartimos con las generaciones que nos precedieron y también con las que continuarán tras nosotros.

 

Por desgracia, existe una amenaza sobre todos nuestros queridos árboles urbanos. En primer lugar, los ediles, en general, consideran al árbol como parte del mobiliario de las ciudades, como una farola que se puede quitar o mudar su emplazamiento. No, los árboles son seres vivos que están enraizados en la tierra y su sola presencia da alma al lugar donde habitan. A veces, en las ciudades han sucumbido para preparar un efímero circuito de competición o incluso simplemente para dejar espacio para el acopio de materiales de una obra. En otras ocasiones, se podrían haber salvado sus vidas haciendo un replanteamiento más inteligente de la zona.

 

Los casos más tristes de muerte y degeneración de nuestro arbolado han venido precisamente de la mano de los servicios municipales de mantenimiento y de los podadores en las comunidades de vecinos. Existen unos principios para realizar la poda que pocas veces se respetan. Primero, los árboles no cicatrizan, tiene que ser la corteza quien cierre la herida, por tanto las ramas de más de 10 cm de diámetro es muy difícil que puedan cerrar sus heridas. Es importante aplicar en los cortes los llamados “productos cicatrizantes” para evitar el ataque de insectos y microorganismos. Los cortes no deben ser horizontales, para que el agua de lluvia no se estanque sobre la herida. Nunca se debe reducir un alto porcentaje de la fronda de golpe, pues ahoga al árbol. Hay que permitir que la copa se desarrolle de forma equilibrada; en muchas ocasiones solo se dejan una, dos o tres ramas que terminan haciendo una gran palanca sobre el tronco lo que provoca su desgajado. No debemos consentir que la poda se convierta en una tala a dos tiempos, como viene sucediendo con demasiada frecuencia.  

Para muchos millones de personas, los árboles urbanos son su único contacto con la naturaleza. Si no los protegemos adecuadamente, nuestros hijos acabarán preguntándonos cómo es un árbol, lo que significaría que hemos convertido toda su vida en un cautiverio. Unamos nuestras voces para salvar nuestros árboles, para salvar la naturaleza, para salvar la vida.