Desde tfinaiempos antiguos hay distintas formas de nombrar la energía vital dependiendo de las culturas. “Prana”, la llamaron los hindúes, “neuma” los griegos, “chi” los chinos, “ki” los japoneses y ambos “aliento de vida”. Todas ellas coinciden en describirla como una corriente sutil que recorre nuestro cuerpo siguiendo circuitos bien definidos llamados meridianos. La tradición oriental describe el mundo en términos de energía y considera que esta energía vital o “ki”  es la fuerza  esencial que anima todas las formas de vida: invisible,  silenciosa, sin forma, pero impregnándolo todo y en continuo movimiento. Asimismo, explica que  la  armonía en el flujo de esta energía en nuestro  cuerpo  es esencial para la salud. Cuando por cualquier circunstancia la  circulación de esta energía en el cuerpo deja de ser fluida, se proenergia vitalduce el estancamiento o desarmonía, originando en algunos lugares del cuerpo“vacío” (yin) y en otros“lleno”(yan) o plenitud. Un  ejemplo clarificador sería la falta de tono en algunas partes del cuerpo (vacío-yin) y a su vez contracturas en otras (lleno-yan).

Para estar sana una persona debe adaptarse continuamente a los cambios, tanto fuera como dentro del cuerpo. Y más allá de toda definición de energía vital, todos sabemos la diferencia que hay entre sentirse vital, motivado o “con las pilas cargadas”, y sentirse agotado, desanimado o enfermo. Por lo tanto, es nuestra relación con esta energía vital, así como la facilidad para conseguirla y gestionarla, la que va a marcar nuestra calidad de vida. Y esto pasa inevitablemente por nuestra habilidad de adaptación a los continuos cambios que en ella van surgiendo.

Hay muchas maneras de “cargarnos las pilas” y la mayoría de nosotros las conocemos. Aunque no siempre, y por distintas razones, las llevemos a la práctica. Esto también forma parte de lo que nos lleva al desequilibrio.

Sólo al  experimentar un desequilibrio en torno a  nuestra salud, a través de un dolor físico o emocional, nos planteamos  tomar las riendas y buscar formas de restablecerla. Y es que, cuando esta energía deja de fluir correctamente y se bloquea, el cuerpo es incapaz de enfrentarse a este desafío solo y pide ayuda de la manera que sabe va a ser escuchado: quejándose.

Existen distintas terapias, con distintos nombres y técnicas, cuyo denominador común es restablecer el equilibrio de la energía.  Para mí, el shiatsu es de las más completas. A través del contacto uno puede “volver a casa”: a  habitar su cuerpo, a situarse dentro de él y no fuera. A tomar conciencia de su realidad,  del lugar que habita. A  reconocer su capacidad de escucha y a sanar. El reconocernos en nuestro cuerpo, hace que este se sienta más aceptado y hace crecer nuestra autoestima. A través del contacto podemos detectar lo que nos pasa y trabajar con ello desde la expansión del corazón. Dejar de concebir la enfermedad como algo  que no va con nosotros, como si sólo fuese algo que “nos pasa”, nos acerca a la posibilidad de descubrir lo que está pasando y conectar con nuestro propio poder, que está en todos  los resortes curativos que posee el cuerpo. Al aumentar la conciencia integral del cuerpo, el shiatsu proporciona herramientas reales a su receptor para poder sentirse cómodo, dependiendo de sí mismo y dejando de ser víctima de un diagnóstico que no siempre  comprende.

Entiendo el  shiatsu como una forma de “estar”: es presencia,  es escucha y acompañamiento en lo que pasa en el aquí y ahora. Por eso, para el receptor cada masaje es una experiencia única y diferente que le ayuda  y le da la oportunidad de  alcanzar la cima de su propia presencia, momento en que, si lo logra, muchas cosas se vuelven posibles, pues desde la cima todo se ve desde otra perspectiva: la distancia justa da objetividad; y la presencia, conciencia. La conciencia, la suficiente claridad para ver  salidas que antes, por la excesiva cercanía, resultaban imposibles de percibir.