leticia1Toda relación en su evolución atraviesa distintas fases que se presentan como posibilidades de transformación para cada uno de los miembros y para el vínculo que la contiene, así es en las relaciones familiares, de pareja y amistad, laborales, si convivimos suficiente tiempo.

En un primer momento de la relación predomina la necesidad de ser aceptado y sentirse parte, hay un nivel de unión a través de nuestras similitudes, se exaltan los aspectos comunes y si asoman las diferencias éstas son suavizadas o desestimadas. Cuando la relación alcanza cierto grado de intimidad y profundidad, pasamos a un segundo momento donde ya hay una confianza suficiente para empezar a mostrar otras partes de uno mismo, necesitamos diferenciarnos los unos de los otros y como consecuencia natural aparecen los conflictos y lo que estos traen. Si logramos atravesar esta fase, llegamos a un tercer momento donde pasada la “tormenta”, viene la calma y miramos atrás dándonos cuenta de todo lo que hemos pasado, sentimos mayor cohesión en la relación y ésta se vuelve un espacio más seguro para ser quiénes somos y algo dentro de cada un@ ha sido transformado.1

Actualmente nos resulta difícil atravesar los conflictos, se despierta el miedo a la pérdida de la relación, a dañar o ser dañado, a ser inadecuados, a quedarnos solos, en definitiva, el gran miedo a la pérdida del amor. Y sin embargo:

“El amor es la fuerza que nos une. La fuerza de la vida. El amor es la fuerza que nos une a todo lo que nos rodea. Gran parte de nuestra confusión es la creencia de que el amor nos une solo a lo que nos gusta”.2

La sociedad actual en su modelo individualista nos lleva a manejar los conflictos en soledad o en forma violenta, a creer que el amor no es para todos y que cuando surgen las diferencias el amor está en riesgo. Generando modelos de comunicación huidizos, evitativos o agresivos. En todos ellos el dilema es el mismo, según la personalidad se afronta de distinta manera. Si temo que algunas partes de mí pongan en riesgo mi pertenencia a la familia, a mis grupos de referencia, cómo voy ser yo misma y quererme tal cual soy. Siempre estaré luchando conmigo. Y siempre se repetirá la misma creencia “no puedo crecer en relación”, “para ser yo misma tengo que hacerlo en soledad”.

Esto es una ilusión. Seguramente así ha sido en algún momento de mi vida, y esa es la experiencia primera que tengo de referencia. Pero hoy la vida nos muestra que podemos hacer las cosas de una forma diferente, con consciencia y determinación. Con la firmeza de que no vamos a dejar de querernos por tener desencuentros y que la forma en que los transitamos puede ser una manera de perpetuar lo que hemos hecho toda la vida o de crecer y elegir un camino diferente esta vez.

La familia de origen es el primer núcleo significativo para nuestras relaciones. Allí se conforma una cultura familiar que modela y enseña cómo tenemos que ser y hacer para formar parte de ese grupo, qué está bien visto y que está mal visto, cuánto espacio hay para las diferencias entre sus miembros y cómo se gestionan éstas cuando aparecen. ¿Cuál ha sido el modelo que he experimentado en casa cuando han aparecido los conflictos y qué ha sucedido conmigo y mis seres queridos en esas ocasiones?

Éstas son de las primeras experiencias que vivimos en nuestra familia y luego repetimos cada vez que estamos en un grupo o sistema íntimo. ¿Qué tengo que hacer para ser aceptada, para pertenecer, para tener un lugar de reconocimiento y sentirme parte? ¿Qué aspectos míos vivo como amenaza y creo que pondrían en riesgo esta relación?

Caminar la vida en libertad es un maravillosa posibilidad que se realiza en relación, en compañía. No estamos solos con nuestras decisiones, con nuestros miedos, dudas y propósitos. Hay un red de experiencias y relaciones que nos atraviesan a veces como un impulso a buscar y acercarnos a ser quienes somos. Otras, a permanecer inmóviles en el camino, a quedarnos en relaciones donde no podemos crecer, a repetir patrones y elecciones que nos dejan en el mismo lugar de infelicidad ¿Cómo hacemos para elegir siempre lo mismo y quedar atrapados en elecciones que no nos hacen felices?

Probablemente abrimos la misma puerta una y otra vez. Abrir una puerta nueva da miedo, no sabemos que hay al otro lado, nos adentramos en lo desconocido. Cada vez que abrazamos el miedo y abrimos una puerta que nos lleva a otro sitio, aparecen otros escenarios en nuestra vida y un universo de posibilidades se despierta.

Atravesar los conflictos en nuestras relaciones significativas y en nuestros grupos de referencia reconociendo estas primeras memorias y haciendo algo diferente con ellas puede convertirse en una experiencia sanadora. Cuando así sucede, puedo transformar la memoria emocional, puedo crear una nueva matriz de referencia en la que sí puedo ser yo misma y al mismo tiempo puedo ser diferente de mi entorno y de mis semejantes sin por ello estar en riesgo el amor, sin por ello temer la pérdida de la relación o quedar expuesta al desamparo y la soledad. Poder diferenciarme con la certeza de que hay algo más grande que nos contiene a tod@s y estará velando por la integridad y el bien-estar de cada uno es un gran alivio además de ser una gran verdad de la que la mayoría de las veces estamos desconectados. Y ese algo más grande es el amor. Y desde esa certeza, cuando así la sentimos, podemos discutir, intercambiar, manifestar nuestro desacuerdo y dejarnos tocar los unos a los otros por nuestras diferencias siendo respetuosos y honestos con nosotros mismos y los demás. No todos los vínculos ofrecen esta posibilidad.

Como adultos comprometidos, es tarea importante construir vínculos saludables donde haya cabida para nuestro ser todo, donde el conflicto sea un espacio fértil para crecer y acoger las diferencias en forma respetuosa y legítima. Y así “ser nosotros mismos en relación”.

Como humanidad, es nuestro propósito participar en la creación de modelos de relación que impulsen nuevas formas de comunicación en la familia y en los grupos en los que participamos, donde los conflictos sean bien recibidos y cada integrante tenga la oportunidad de expresarse y manifestarse tal cual es, estableciendo los acuerdos necesarios que garanticen y velen por la seguridad e integridad de todos sus miembros. Que la familia toda pueda buscar y encontrar maneras sanas de experimentar sus diferencias teniendo en cuenta el propósito mayor del grupo familiar que es crecer juntos en compañía y generar un espacio de realización para cada uno de sus miembros.

Esto nos lleva a plantearnos en determinado momento de madurez de la vida qué voy a tomar de la herencia familiar que me ha sido dada, qué de ese legado me es beneficioso para continuar mi camino y qué de esta herencia me permite ver que preciso hacerlo de otra manera para mi vida y para los que vendrán y así decidir y elegir en libertad cómo quiero relacionarme.

Agradecer a nuestra familia de origen toda. Reconocer a los que estuvieron antes y han hecho posible que nuestra vida se manifieste aquí en la tierra. A la vez que tomar la responsabilidad de nuestra vida con autoridad y lo que ella requiere para ser vivida en amor y verdad.

Y así “ser quien soy”.

1Modelo desarrollado por Alejandro Spangenberg. Psicólogo y Psicoterapeuta Uruguayo.

 

2El Camino a la Libertad. Alejandro Corchs; Alejandro Spangenberg.