lolaLa escucha es una de las claves fundamentales de las relaciones humanas.
¿Cuántas veces nos hemos hecho nuestra propia composición de los hechos por no haber hecho una escucha atenta? ¿De cuántos malos entendidos hemos sido protagonistas o testigos por una mal interpretada escucha?
Y es que en la escucha hay 3 elementos básicos a considerar: la escucha externa, la escucha interna y la escucha intermedia. Vamos a definir cada una de ellas.
Escucha externa es la escucha del momento, lo que percibo con los sentidos, lo que veo, oigo, toco, degusto, huelo. Incluye lenguaje verbal o no verbal. Veo como la persona me mira, huelo el perfume que lleva, cómo mueve las manos, las agita, si mueve el cuerpo mientras habla, etc.
En la escucha interna percibimos lo que sentimos interiormente tanto de nuestras propias emociones, como de las emociones de la persona o personas con la que nos estamos comunicando. Son percepciones físicas, como la tensión muscular, sensaciones o estados de ánimo. Ejemplo: cuando me cuentan algo que me produce miedo, siento un escalofrío interior; sentir la ansiedad como un “nudo en el estómago” o en la zona de plexo solar.
Escucha intermedia: esta escucha es más interpretativa. Es la actividad mental que surge más allá del momento, la fantasía. Esta zona es en la que se localizan las distorsiones y prejuicios. Sólo es peligrosa si la interpretación que hacemos sustituye la conciencia de la zona interna y externa.
Vamos a ver con un ejemplo estos tres tipos de escucha. Estoy con un amigo que me está contando un problema relativo a su trabajo. Me dice que se siente mal, que no le gusta su trabajo, yo le miro y veo que tiene ojeras y contrae los puños mientras habla –escucha externa- ; me empieza a decir que lleva días mal, nervioso, ha tenido un problema con el jefe y tiene “un nudo en el estómago” -escucha interna de mi amigo- . Mientras me lo cuenta, empiezo a pensar que esa situación ya le ha pasado otras veces y que termina dejando el trabajo, y entro en juicios de lo inestable que es, etc. –escucha intermedia-.
A menudo, se produce la situación en la que yo aparentemente le escucho, pero lo único que quiero es contarle a la otra persona los problemas que tengo con la vecina del piso de arriba que siempre pone la lavadora a la hora del mediodía y no me deja descansar.

Entonces, llega un momento en que ya no le escucho, sólo tengo en la cabeza lo que quiero contar y empiezo a hablar. ¿Cuántas veces hemos estado hablando con alguien y realmente lo único que queríamos era que dejara de hablar para contar nosotros nuestra historia?
Así es muy difícil hacer una escucha real. La escucha es algo activo, y para que sea realmente efectiva hemos de estar presentes, no sólo con el cuerpo físico sino también con la mente y el resto de los sentidos. Durante la escucha es importante intentar no pensar en otras cosas (en nuestras cosas) y estar atentos a todo lo que nos quiere decir nuestro interlocutor, no sólo con palabras o gestos (escucha externa) sino también con las sensaciones que nos transmite lo que nos cuenta (escucha interna): si me transmite tranquilidad cómo me lo cuenta o alteración interior. También es importante intentar dejar a un lado toda la interpretación por nuestra parte (la escucha intermedia de la que hablábamos al principio).
En algunas ocasiones esa escucha atenta, en la que nosotros en principio no participamos con la palabra, puede convertirse en una conversación. El intercambio verbal es muy enriquecedor porque nos puede ayudar a tomar conciencia tanto de lo que nos dice nuestro interlocutor como de lo que decimos nosotros mismos cuando nos expresamos en voz alta. Nos puede hacer “caer en la cuenta” de nuestro sentir o de nuestra posición respecto a la situación. Al expresarnos en voz alta ponemos en orden nuestro pensamiento y eso nos facilita la comprensión.
Si practicamos la escucha atenta, preguntaremos cualquier duda que nos pueda surgir en cuanto a la interpretación y así dejaremos aparcado el futuro malentendido que pudiera producirse cuando no estamos del todo presentes y sólo queremos hablar y escuchamos poco.
Porque, recordemos, que sólo tenemos una boca y dos orejas, para hablar menos y escuchar más.

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