Según cuentan los geólogos, hace 4.550 millones de años, un grave suceso provocó la actual inclinación del eje terrestre. Hoy, gracias a esta accidentada infancia de la Tierra, podemos disfrutar de nuestro ciclo anual de alternancia de periodos húmedos, calientes, secos y fríos que hace que toda la naturaleza se sincronice con la órbita alrededor del Sol para un aprovechamiento más eficaz de los recursos de temperatura y humedad, sucediendo periodos de gran actividad biológica con otros de descanso.

¡Oh, mi amigo el invierno! mil y mil veces bien venido seas, mi sombrío y adusto compañero; ¿No eres acaso el precursor dichoso del tibio mayo y del abril risueño? Como bien dice Rosalía de Castro, el frío invierno es el precursor dichoso de la primavera. Tras el duro paréntesis invernal, la naturaleza quiere explotar de alegría y júbilo.

Durante la primavera, la tierra mantiene aún el frío del invierno, pero el aire se calienta enseguida por el sol, que cada vez brilla, día a día, con más fuerza, por lo que se producen vientos, inestabilidad climatológica y lluvias. Estamos, pues ante una época húmeda, por las precipitaciones y, en muchos lugares, por el deshielo. La primavera es la fiesta del agua que despierta a la naturaleza adormecida por el frío de los meses anteriores.

Los árboles saben que esta es una estación privilegiada que no deben dejar que se pierda, por lo que se despiertan presurosos tras el letargo invernal para aprovechar esta agua que a lo largo del año la echarán de menos.

Cada mañana los campos amanecen verdes, cuajados de rocío y con una neblina que cubre los valles. En esta época, hasta los cielos cambian, parece que se hacen más altos mientras se ensancha nuestro corazón y sentimos un deseo de unirnos con el paisaje. La naturaleza se envuelve con un tapiz verde, cuajado de florecillas multicolores. Las escobas explotan en un amarillo brillante contrastando con el blanco de los espinos y el violeta fuerte de los cantuesos. Los aromas se extienden por el valle, las cigüeñas surcan el espacio con su vuelo majestuoso. El silencio del invierno deja paso a un paisaje sonoro, como aquel sonido cristalino que se une al concierto de un lejano pájaro carbonero.

En todo lugar, para llevar a cabo el extraordinario crecimiento vegetal que se produce en este periodo, las plantas precisan la humedad que le proporciona esta estación, pues necesitan absorber gran cantidad de agua que se distribuye desde las raíces hasta llegar a las nuevas hojas en crecimiento. Un auténtico espectáculo para la vista, ver como se desarrollan las hojas tiernas, recién nacidas, de color claro y brillante. Todo se tapiza de hojas que se encargarán de completar el ciclo del agua mediante la transpiración. Gran parte de este líquido vital que captan del suelo (a veces a gran profundidad) regresa a la atmósfera, humidificando todo el entorno.

La lluvia son hilos de vida que fertilizan nuestros campos. Agua que corre por los arroyos empapando la tierra, llegando a los manantíos y transformando nuestro deseo en realidad. El agua clara es la imagen de la pureza. El olor a tierra mojada, el olor a bosque es un olor ancestral, primitivo que llena todas nuestras aspiraciones. Los árboles canalizan y retienen, en la tierra, su tesoro en forma de gotas de agua. Donde hay árboles, hay agua.

Según un antiguo refrán la primavera la sangre altera. Es la época de los brotes nuevos de los árboles y arbustos, de la abundancia, es la época que vuelven las aves migratorias, como las cigüeñas, para hacer coincidir la nidificación con la primavera. Nosotros, como los árboles, las cigüeñas y el resto de los seres vivos de este planeta, sincronizamos nuestros propios ritmos biológicos al ciclo cósmico de las estaciones. Tras el recogimiento del frío invierno, nuestro organismo despierta al unísono con toda la naturaleza a la llamada de la primavera. El campo se metamorfosea y nos atrae para el deleite de nuestros sentidos. Todo se llena de unos olores, unos sonidos y unos colores increíbles. Es la invitación a la fiesta anual de la vida y la abundancia.