belenDoña Virginia Pérez Buendía fue una anciana que murió millonaria pero muy sola, en su lujoso piso del centro de Madrid a los 86 años de edad, descubriéndose su cadáver un mes después de su muerte acaecida a finales de octubre de 2014. Sin descendientes directos, dejó toda su fortuna, valorada en más de diez millones, para costear la educación de los niños de su pueblo natal, Valverde del Júcar (Cuenca).

La historia de la familia de esta mujer, cuyo apellido es el mismo que los Buendía de Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez, resulta curiosa porque, de los cuatro hermanos que eran, solo uno se casó aunque tampoco tuvo descendencia. El resto de hermanos ni se llegaron a casar ni tuvieron hijos. El motivo de esto parece estar en la madre, Doña Eufemia Buendía Chicano, que, presa del temor de que el patrimonio familiar se perdiera, inculcó a sus hijos la creencia de que “antes muertos que casados”. Porque les decía que eran tan feos que nadie se acercaría a ellos si no era por su dinero. Y, efectivamente, ni se casaron ni tuvieron hijos. La semilla plantada en la más tierna infancia en forma de creencia, dio sus frutos.

Esta historia muestra claramente el gran poder que tienen las creencias. Hay creencias potenciadoras y hay creencias limitantes y todas son igualmente ciertas, porque tanto si crees que sí, como si crees que no, estás en lo cierto. Estos hijos creyeron a su madre. La madre, la persona que más amor y más poder personal debería de otorgarnos en la vida. Sin embargo, el miedo impide el amor. Y cuando un corazón está lleno de miedo y amargura, entonces no puede amar.

Sin embargo, a pesar de la tristeza de esta historia y de todos los esfuerzos de la madre, Doña Eufemia Buendía, el patrimonio familiar finalmente acabará destinado a su pueblo. Y es que aquello que más temes, es aquello que finalmente atraes. Los niños del pueblo podrán tener educación gratuita. ¿Quizás son esos niños que la hija nunca pensó que podría tener porque creyó a su madre?

Así que abramos ese baúl de creencias y revisemos las heredadas, para ver cuáles son nuestras y cuáles no. Y desterremos y cambiemos todas aquellas que nos impiden alcanzar nuestros objetivos y así también la felicidad. Tenemos derecho a elegir nuestras propias creencias. A valorarnos y a revisar qué nos sirve y qué no nos sirve de todo lo que nos enseñaron de niños.

Esa toma de consciencia nos permite evolucionar y elegir nuestro destino. Y quien elige su destino, conquista su libertad. Nacimos en una familia, pero nacimos libres. En nuestra mano está seleccionar qué simientes de las plantadas en nosotros decidimos regar y cuáles otras es preferible arrancar para plantar otras más acordes con una vida conscientemente elegida que nos acerque más a la felicidad. Tenemos derecho a ella.

IMAGEN CREENCIAS