En todas las culturas la imagen del árbol simboliza la fuerza viva de la naturaleza. Unos seres gigantescos que elevan su tronco sobre nosotros para abrirse en un abanico de ramas que se clavan en el cielo y, bajo nuestros pies, hunden sus raíces en contacto mismo con la Madre Tierra. Una columna viva que pone en comunicación y sostiene estos tres mundos a través de sus raíces, tronco y ramas.

 

 

El día que ya no queden suficientes bosques,

el cielo caerá sobre nosotros.

 

(Tradición kamayura, Alto Xingú, Amazonas)

 

La física de Aristóteles estaba basada en diferenciar los movimientos verticales de los horizontales, porque a nivel humano son de naturaleza muy distinta. En nuestra actividad cotidiana domina lo horizontal. Nuestros desplazamientos, nuestro horizonte de suceso, siempre están sobre el plano. En cambio, los árboles dominan la tercera dimensión: las alturas y las profundidades. El conocimiento de lo oculto pertenece al reino de las raíces, la sabiduría que está por debajo de lo superficial.

 

Existe otro tipo de conocimiento, el científico, el que se alcanza con la deducción y el razonamiento. Ese que se eleva sobre nuestra vista para ver más allá. Por eso, subirse a un árbol es adquirir ese dominio sobre el movimiento de elevación. Con está perspectiva se entiende el motivo por el que se eligió un árbol para formar el emblema del CSIC, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, la institución que alberga los principales centros españoles de investigación. De la misma forma, la Cábala, la tradición mística del judaísmo, utiliza el árbol para representar el conocimiento esotérico que está escondido tras los textos sagrados. Las palabras ciencia o conocimiento y árbol tienen la misma raíz léxica en las lenguas célticas. Incluso esta expresión raíz léxica nos sumerge en el mundo arbóreo.

 

¿Qué se puede decir de alguien que está bajo un árbol? En los Evangelios aparece esta imagen al hablar de Natanael, quien había preguntado con prepotencia —¿De Nazaret puede salir cosa buena?—. Jesús, al encontrarse con él, le dijo —Te he visto cuando estabas debajo de una higuera— (S. Juan 1,49). Esta expresión habla de Natanael como incrédulo que solo aceptaba lo que veía. Lo cierto es que, según las Escrituras, Natanael, sorprendido, comprendió perfectamente la frase hasta el punto de que se convirtió en discípulo a partir de este suceso, fue uno de los doce apóstoles de Jesús y difundió la fe cristiana por India, Armenia y Persia. Se le recuerda con el nombre de San Bartolomé. Pasó de estar bajo el árbol a estar sobre él.

 

El dominio de los árboles se extiende por los reinos de la luz, la penumbra y la oscuridad total; por el cielo, la tierra y el mundo subterráneo. La realidad en todos sus niveles: desde lo visible, lo que está por encima, hasta lo oculto, lo que subyace en las profundidades. Ese es el poder de la naturaleza arbórea.

 

Raíces y alas.

Pero que las alas arraiguen,

y las raíces vuelen.

 

              (Juan Ramón Jiménez)

 

Estos tres mundos, el nuestro, el que está por encima de nosotros y el que está por debajo, siempre han sido la principal fuente de inspiración de los artistas; por eso la pintura y la literatura constituyen una perfecta manera de acercarse a los árboles. El proceso de hominización se comenzó a originar en los grandes bosques tropicales y se conserva en nuestra conciencia colectiva como imagen del Paraíso. Desde entonces, las civilizaciones han recorrido mucho trecho, pero lamentablemente sus derroteros les han llevado a distanciarse del medio natural.

 

Sí, pocas veces reparamos en lo fundamental que son las plantas, no sólo porque aportan el oxígeno que precisamos para vivir, es que son el único motor de sustento de todos los seres vivos. Frente a la erosión, los árboles retienen la tierra, minimizan el riesgo de riadas, rellenan los acuíferos, mantienen la humedad, favorecen la biodiversidad con lo que se evitan plagas, y absorben el CO2.

 

En efecto, los árboles son todo eso y mucho más. Están presentes en todos los capítulos de la historia, de nuestra cultura, de nuestra vida. Incluso aunque no pensemos en los bosques, al hablar siempre nos referimos a los árboles. Palabras tan diversas como materia, hígado, libro, empinarse… tienen su origen en nuestros compañeros verdes. Siempre los árboles están detrás de cualquier logro humano, como inspiración, soporte, materia prima o simplemente fascinación. Una vez le preguntaron a Gaudí cual era su mejor libro de arquitectura; él, en vez de coger un sesudo tratado de su biblioteca, miró a través de la ventana del estudio y dijo, apuntando a un árbol que se veía en el exterior: —Ese, ese árbol de ahí fuera es mi mejor tratado de arquitectura—. Las columnas arborescentes de la Sagrada Familia son un ejemplo del poder vertical del árbol, columnas arborescentes con raíces, tronco y ramas.

 

Durante años he estado recopilando historias, leyendas, saberes populares y mitos relacionados con  la naturaleza que nos rodea. Fruto de este esfuerzo es el libro El alma de los árboles donde se aprecia un interesante hecho: civilizaciones que no han tenido ningún contacto entre sí, han sentido lo mismo ante los mismos árboles y lo han sabido plasmar según su cultura; porque más allá de su apariencia y de su utilidad, los árboles nos trasmiten sentimientos que brotan de la propia alma de árbol. Sin ellos no serían concebibles los montes, los campos, las poblaciones, ni aun nuestras construcciones. ¿Se puede imaginar el claustro de un monasterio sin el poder vertical de un ciprés o un patio andaluz sin la fragancia y la sombra fresca de un limonero que domine la altura?