Becca abrió los ojos y sonrió. Cada día era una nueva oportunidad para crecer y aprender, pero hoy era un día especial, lo presentía. Llevaba días conectando con el Gran Espíritu y ayer le susurró que algo iba a pasar: “Vuelves a casa”.

¿Volver a casa? Ya estaba en casa…bueno era la casa de campo de su familia, habitualmente vivía en una ciudad pequeña que no tenía esa vista de ríos y montañas al asomarse a su ventana.

Se levantó y comenzó su día como siempre, desayunó en el jardín oliendo a flores y escuchando el susurro del río. Un lujo que desde luego no tenía en su día a día.

Desde pequeña disfrutaba del campo como quien visita un bello y antiguo templo, cada rincón la fascinaba por su sencillez y belleza. Pero lo que más la atraía era esa silenciosa armonía que envolvía todo. Aún después de una ruda tormenta todo quedaba en perfecta calma. La naturaleza tenía esa envidiable capacidad de recomponerse a pesar de todo.

“Ojalá los seres humanos supiéramos trascender los hechos inesperados y aparentemente devastadores que nos trae la vida del mismo modo que la naturaleza lo hace. Ella siempre sigue adelante y la vida siempre gana…jamás se vuelve contra el humano y dice, ¿qué me hiciste? Tal vez en su silenciosa existencia ella perdona sobre todas las cosas, entendiendo que no hay mayor acto de irresponsabilidad que la ignorancia, y ella compasiva como una madre que sabe que sus hijos aún no saben cómo actuar, sigue abrazando y alimentando…

“Qué bello sería que todos tuviéramos la capacidad de Gaia”, pensó Becca.

Desde pequeña sintió esa paz interior al acercarse a ella. Cuando tenía que tomar grandes decisiones en su vida y estaba confusa, acudía allí. La naturaleza siempre la ayudaba a trascender lo que de verdad era importante, equilibraba sus pensamientos, dándole esa paz interior que se necesita para tomar decisiones desde el corazón, ¿por qué había perdido esa costumbre?

El día era soleado, a pesar de ser casi invierno, aún hacía calor y Becca salió a pasear y a disfrutar de la época del año que más le gustaba.

“Tus trajes siempre son bellos en esta época”, pensó. Los ocres, dorados, amarillos e incluso los verdes perennes la embriagaban la vista. A pesar de no llegar a los 40 pensó que lo que llamamos el otoño de nuestra vida, seguro sería tan bello y fascinante como esta época del año. Nos empeñamos en ser primavera eternamente pero cada momento tiene una belleza que si sabes admirarla puede resultar incluso más cautivadora que unos frescos tallos verdes. “El otoño me evoca sabiduría y experiencia”, pensó.

Caminó y llegó a un pequeño prado que no recordaba. Era casi bucólico. Los árboles dibujaban un círculo y en el centro la hierba era verde a pesar de la época del año. Aún había hojas de los árboles adornando sus raíces, formando una sinfonía de colores que inspiraron a Becca.

Una gran roca plana parecía presidir el lugar, y cual reina del lugar decidió sentarse allí a disfrutar de ese paraje de cuento. “Solo falta que aparezca un unicornio entre brumas” pensó, y sonrió por la ocurrencia.

Se sentó en la piedra y cerró los ojos, estaba muy cómoda. Había caminado un largo rato y esa parada era casi necesaria.

Vació su mente y empezó a llenarla de todo cuanto apreciaban sus sentidos. Los cálidos rayos en su cara, la ligera brisa que de vez en cuando movían su pelo, el sonido de los pájaros, aromas a madera y húmedo…

Entonces, sin saber por qué, su mente la transformó en un pájaro y sintió cómo podía volar. Era tan agradable sentir esa sensación de libertad… No sabía cómo había acabado visualizando eso, solo sentía que ella era una espectadora de su otro yo que volaba…

Esa disociación que ya antes había sentido era un regalo que cada vez que aparecía le recordaba que somos mucho más que esto que ahora mismo creemos ser.

De repente, serena, abrió los ojos y los vio a todos allí, en mitad del prado, mirándola y sonriéndola.

Su mente reconoció a esos seres como enanos, ciclopes, un centauro, un fauno y varios gigantes. Pero su corazón los reconoció con SU FAMILIA.

-Bienvenida a casa- le dijeron.

No recordaba sus nombres ni cuando los conoció, pero lo que si recordaba era el amor profundo que sentía por esos seres. De repente, como adornando ese bello instante, comenzó a nevar… el invierno había llegado.