Respirar hondo, habitar mi cuerpo, cada rincón y recordar con cada célula las experiencias profundas que me hacen bien, instantes que han dejado huella en mí. 

Hacer espacio dentro de mí,  habitar ese lugar que sabe, que recuerda la perfección del Plan, que me acoge con todos mis miedos y dudas para susurrarme que estoy  acompañada, que estoy cuidada y amparada en cada paso, en cada experiencia que hace parte del camino.

Traer a mi presente las sensaciones, los olores, los colores, los sonidos, detalles de aquellas vivencias, memorias que forman parte de otro tiempo y me recuerdan la belleza, el orden, la sabiduría del universo. Dejarme tocar por ellas, imágenes que tocan el alma.

Dejarme tocar por ese tiempo que fue y que me doy cuenta también es este tiempo y entonces pasado y presente se vuelven uno, son lo mismo y siento que de nuevo que soy aquella, soy eso y soy esta y veo que siempre lo he sido. 

Entonces puedo ver cómo más allá de la impermanencia de las experiencias de mi vida, de las personas, de los vínculos, de las tareas, de los lugares, paisajes y escenarios, hay algo más profundo que permanece y es la experiencia de mí misma en  comunión con algo más grande que yo, que me lleva y me guía. Y esta experiencia me alivia, me da soporte. Allí puedo apoyarme, sostenerme y atravesar. Puedo descansar y desvanecerme y me doy cuenta que descansar en la experiencia de lo inalterable de mí misma me conecta con algo bello, con algo puro, con el goce y la alegría, con una ligereza que me eleva y me ancla al mismo tiempo. Entonces mi mente se calma, sonrío y agradezco.

Allí donde conecto con lo que permanece, con lo inmutable, también me encuentro con lo que ha sido, es y será. Y siento una danza cósmica que une mundos y tiempos, que enlaza estas dimensiones de la experiencia a través de puentes invisibles y siento que puedo cruzarlos tantas veces como quiera. Y la realidad se vuelve enormemente amplia, llena de posibilidades y de sentido. Siento el Amor, la Protección, la Belleza y la Luz.

Y me doy cuenta que puedo elegir cómo quiero habitar esto que llamamos vida. 

Y entonces recuerdo que cuando mi espacio interno se cierra, mi corazón se endurece, mi realidad se vuelve pequeña y me siento separada, desubicada, perdida, con una fuerte añoranza, un hondo anhelo, me enfado y me entristezco

Y tomando distancia, observando con paciencia, puedo decidir quedarme habitando esa pequeñez llena de carencia, de miedo, enfado y soledad o saltar, abrir mi corazón, pedir ayuda y cruzar el puente. Hacer algo nuevo que trae novedad. 

Y entonces tomo conciencia de la inmensidad de la que formo parte, recuerdo que el universo está esperando que de ese paso para apoyarme. 

Así, permito que mi espacio interno se vuelva amplio y se abra a una realidad hermosa, compleja, multidimensional. Y mi percepción del mundo cambia en un instante. La realidad se vuelve esférica y algo se libera dentro de mi. Y me salgo del tiempo cronológico, mental y me dejo tocar íntimamente por el tiempo de lo eterno y entonces lo trivial y cotidiano se vuelve sagrado. Entonces me doy cuenta que la vida es una experiencia transcendente. Entro en relación con el misterio. Y todo está bien. Estoy en paz. 

He cruzado una puerta. Y me muevo así con el corazón abierto y agradecido, sintiendo el amor dentro y fuera de mí. Ya no anhelo, porque he encontrado, siento entonces que esa experiencia ha sido transformada y está viva en mí de una forma nueva y profunda, casi inexplicable. 

“… Abro mis brazos para estrechar el viento que ha conquistado mi Alma. El esplendor del vuelo y la visión de nuevos horizontes me llaman. Soy Libre.”

Isha Lerner. El Tarot de la Diosa Triple”.