¿Cuál era tu sueño cuando eras niño/a? Cuando no tenías límites en soñar, cuando podías convertirte en cualquier cosa  que quisieras. Imaginabas que serías un adulto brillante y feliz aunque no tuvieras claro que profesión desempeñaría

s, capaz de ver cualquier opción con felicidad, deseoso/a por descubrir quién llegarías a ser. Confiabas en tus talentos aunque todavía no estuvieran desarrollados, sentías tu potencial y que el porvenir era apasionante.

 

¿Porque  dejaste de creer que era posible, porque dejaste de creer en ti?

Lo único que ha cambiado es que  dejamos de ver que ese niño forma parte de nosotros de por vida y que lo necesitamos para que ésta tenga sentido. Sentir ese niño en nosotr@s nos ayudará a conseguir  nuestra leyenda personal. Ese niñ@ vive en nuestro corazón y es a quien le debemos fidelidad, no a sistemas sociales, familiares o al psiquismo humano. Nuestra esencia la representa este Ser puro y el adulto ha de acompañar a nuestro niño interior para protegerlo y  poder superar las adversidades con madurez y compasión, porque si lo abandonamos perdemos de vista nuestro objetivo, encarnar nuestra verdad más auténtica.

 

Madurar no es olvidar una parte de nosotros, sino integrarla en el camino. Del mismo modo si nuestro niño interior no es tenido en cuenta, si no se le escucha cuando lo necesita, saldrá en cualquier momento de nuestra edad adulta para reclamar su lugar, la pureza del niño se convertirá en inconsciencia y pataleta, tal vez con más acidez y resentimiento o con un gran desarrollo de su mente, pero no de  su corazón.

 

Si no podemos ver la grandeza en los demás, no podemos ver la nuestra, si  no confiamos en nosotros mismos, generamos envidia hacia las cualidades y dones del resto, sin ver su esfuerzo ni voluntad por conseguir sus triunfos. Los dones son cualidades tan fáciles e innatas que muchas veces creemos que todo el mundo los tiene y  los desvalorizamos, porque ya los traemos, forman parte de nosotr@s. A veces hay dones que fueron dificultades que trabajamos cn constancia y así se convirtieron en nuestras mejores cualidades.

 

La vida tiene pruebas constantemente, al superarlas convertimos las adversidades en oportunidades. Todo cambio lleva un esfuerzo, el cambio es  síntoma de evolución, necesitamos expandirnos, observar nuestras fronteras y atravesar otras incertidumbres, pero para eso aceptamos que no todo sale a la primera, también nos caemos, sufrimos y aprendemos con cada decisión, igual que el otro.

Si Gandhi, no hubiese tenido problemas al regresar a la India, nunca hubiese protagonizado su gran destino, los problemas son pruebas para alcanzar nuestra grandeza.  Cuando dejamos de ver nuestros dones en los demás, proyectamos nuestra sombra en ellos. Si dejamos de vernos reflejados, solo nos centraremos en señalar y justificar nuestro enfado  por las dificultades e injusticias del mundo, perdiendo la confianza en el plan de nuestra alma para nuestra realización.

 

No se puede ser mariposa sin pasar por el estado de larva, cuando vemos a personas en esa metamorfosis tal vez nos provoquen rechazo, pero ya comenzaron el viaje a su mejor destino. Pretender llegar a la cima sin mancharte en tus profundidades no tiene sentido, no sería real,  es como querer andar sin gatear. El proceso intermedio es donde se cogen las herramientas y aprendizajes para ser mariposa aunque eso signifique pasar por malos momentos, es vital para integrar el proceso y ser consciente de que lo que se ha conseguido es plenamente tuyo. Algunos cambios costarán más y otros serán muy fáciles, pero todos son necesarios.

 

Venimos al mundo con un propósito de transcendencia, de realización,  de experimentación y liberación de patrones opresores heredados.

La vulnerabilidad es una gran fortaleza, liberadora para honrar a tu verdadero Ser. Si no se rompe la coraza para quitar la máscara que aparenta estar bien, guardando su miseria en el interior, siempre aparentará lo que no es, por lo tanto no podrá ser. Generará tal vez una apariencia de control o  perfección, pero solo será una ilusión.

Un niño llora cuando le duele, se enfada cuando algo no le gusta y ríe cuando está alegre, siempre es él, hasta que se le enseña a fingir y a no escuchar lo que siente. Cuantas menos máscaras tengamos menos manipularemos a los demás con falsas apariencias de conformismo y agrado, ya que tarde o temprano este comportamiento nos generará conflictos por no ser honestos y claros con nosotros mismos.

 

La llave maestra para salir de la confusión  del psiquismo humano y recordar la verdad de quién soy y a qué he venido, está dentro de nosotros. La aventura de seguir el mapa de la ruta de nuestra existencia, donde el guía es nuestro SER. Para eso es necesario liberar emociones atrapadas en el cuerpo, darle una orientación a la mente para que consiga materializar lo que anhela de forma creativa y saber soltar.

 

La grandeza que todos llevamos dentro desea ser un solo ser y no solo ser mostrada en ocasiones especiales de apertura y felicidad. Permitámonos ser grandes, ser  de verdad, vulnerables, sencillos, pletóricos, caos y sombra. Todo para volver a ser nuestra mayor verdad.

Inténtalo, aunque te caigas, por poco que creas que puedes hacer por ti o por el mundo, por poco que sea, ya será más que renunciar a ti, y aunque sea en el último segundo de tu vida, valdrá la pena ese poco para que tu alma esté más plena. Hazlo por ti.