Mi amigo Juan nunca pensó en la importancia del agradecimiento hasta que un día su profesora de lengua les dijo que hicieran una redacción sobre la Tierra,  sobre algo que les gustara y algo que no les gustara de la Tierra.

Él me lo contaba y me decía:

– Mira Ana, no sé qué hacer, no se me ocurre nada sobre lo que escribir. Es la primera vez que pienso en la Tierra como algo vivo, siempre la he visto como ese globo redondo que tiene mi padre en su despacho, encima del escritorio y que contiene  los continentes, y ahora he de  decir algo que me guste o no me guste sobre ella, como si pensara en una persona, o en algo vivo, más grande…, no sé, estoy un poco desconcertado.

-Te entiendo. Cuando tuve que hacer ese ejercicio el año pasado, me sucedió igual que a ti, y al final lo que me pasó es que pensé en la Tierra como si fuera una madre y después de escribir sobre ella, la sentí así, como una madre muy grande. No sé si esto te ayudará.

-Bueno, no sé, ya te contaré. Gracias.

Juan esa noche antes de ir a dormir pasó por el despacho de su padre y miró el globo terráqueo de color marrón y manchas de colores. Se fue a su habitación y mirando el techo se quedó dormido y soñó.

Se vio a sí mismo como una persona pequeña que poco a poco iba creciendo, y en su crecer, llegó hasta el cielo y allí, sin apenas darse cuenta, se vio encima de un águila, volando, libre. Desde arriba era impresionante todo, se veían tantas cosas en perspectiva: iba viendo todo desde las alturas y estaba maravillado de esa grandiosidad. Si quería detalle, se aproximaba, ya que el águila subía o bajaba sólo con sentir su deseo. Voló sobre su pueblo pequeño, se alejó y vió su país, y más alto voló y vio su continente; divisó océanos, mares, montañas y  valles y …  llegó un momento en que se dio cuenta de que ya no iba sobre un águila. Ahora estaba sentado en una butaca, mirando una pantalla, era como un cine, y allí en la proyección vio  la tierra desde fuera, pero a la vez se sintió dentro de ella, como si estuviera disfrutando de la proyección de una película de 3 dimensiones. Y así, sin más, conectó con la inmensidad y sintió su corazón con una viva llama de calor, como el que sentía cuando su madre le abrazaba. Sintió el amor de la madre, la madre que acoge y cuida pero que también da alas para volar, que da libertad. Cerró los ojos y  empezó a ver hilos plateados y dorados que lo unían todo, incluso más allá de la tierra, en todo el Universo.

Cuando se levantó a la mañana siguiente, escribió: “Querida Tierra eres mi Gran Madre, sé que estoy dentro de ti, pero también que tú estás dentro de algo mayor, lo he visto y sentido. De ti, me gusta tu abundancia infinita de todo: de aguas, de tierras, de rutas, de animales, de plantas, de personas, de vida, todo unido por hilos… y de ti, no me gusta…bueno creo que nada, mejor dicho lo único que no me gusta es que he tardado un tiempo en quererte y considerarte como una Madre. Pero siento que ya nunca dejaré de sentirte así, como mi Gran Madre. Gracias Tierra, gracias por todo lo que me das y nos das a todos, yo te lo agradezco y te doy mis cuidados con mucho amor, porque sé que si cuido de ti estoy cuidando de mí y de todos”.

Cuando Juan me leyó la carta me emocioné. Ese bello sueño, al igual que le ayudó a él, también me ayudó a mí a sentir ese gran agradecimiento y AMOR a la Tierra en lo más profundo de mi corazón.