Cuando veo a algunos ancianos sentados al sol, jugando con su bastón o mirando como hipnotizados a algún lugar, solos, muchas veces esperando a algún compañero de tertulia, me pregunto qué piensan o qué sienten en esos momentos. Incluso he llegado a sentir cierta lástima por ellos y ellas.

Un día decidí experimentarlo por mí mismo. Lo recuerdo muy bien, era una tarde de domingo a la salida de un curso y en ese momento no tenía nada que hacer; nadie me esperaba en ninguna parte y tampoco tenía obligaciones, así que simplemente me senté en un poyo de piedra a la orilla de un camino que atraviesa cierto bosque de las afueras de cierto pueblo de la sierra del Guadarrama, a hacer lo mismo que esos ancianos y ancianas que parecen no hacer nada.

Puse mi atención en lo que me rodeaba y comencé a discurrir como si mi edad fuera de ochenta años. Pensé: “bueno, todo está cumplido, mi vida ha tenido sentido al fin y al cabo, nada queda por hacer y estoy bien, aquí sentado esperando el postrer día que me ha de reunir con eso que llaman Dios u otra cosa ¿Quién hubiera dicho que todo iba a salir bien? Nada que hacer, ningún lugar a donde ir.” Fue en ese momento cuando vi, o más bien sentí, su presencia en el paisaje; era Él, lo había tenido siempre a mi lado pero sumergido en mi mundo de ambiciones y apegos nunca lo había notado, aunque sí presentido. Era un viejo amigo cuya presencia se  me hacía ahora, desde esta quietud, plenamente real. Lo llamé: ¡amigo! y noté cómo me sonreía a la par que me sentí envuelto en una paz enorme. Todo estaba hecho y cumplido en ese momento, ningún proyecto en el horizonte, ningún asunto del pasado pisándome los talones a la vez que todo perdonado… solo ser.

Aquella meditación caló hondo en mí y pude comprender que la vejez puede ser una de las experiencias más maravillosas de esta vida; la simple, pero a la vez, plena experiencia de ser. Es el resultado de desapegarse del pasado, que no olvidarse de él, así como de ambiciones y deseos, para dejar que nos envuelva una maravillosa sensación de plenitud. Es tiempo de cosecha y de paladear los frutos de un vida en la que lo experimentado y vivido puede ser contemplado como una totalidad con pleno sentido, tanto con sus errores como sus aciertos.

Pero esto no significa no hacer nada; por el contrario, el hombre y la mujer ancianas (noble palabra) pueden estar en un estado de amorosa disponibilidad ante quien reclame su ayuda, más su actitud será muy distinta del que ambiciona logros y resultados. Será la de aquel que es feliz haciendo felices a los demás mientras siente que aún sigue siendo útil. El abuelo va de un lado para otro con nietos cogidos de sus manos o llevando bultos o documentos; pero desapegadamente, sin juzgar y sin más ambición que la de hacerlo disfrutando; “la acción por la acción” de la que habla el zen. La quietud de estos ancianos y ancianas no es triste ni aburrida como pudiera parecer a los ojos de la juventud, sino de una amorosa disponibilidad desde la experiencia de plenitud en el Sí Mismo.

Sin embargo,  no seamos tan ingenuos de creer que todo esto se da automáticamente con la edad, ni mucho menos, pues los aspectos de los que hablo son el resultado de una actitud y de un desarrollo personal. Por el contrario, siempre habrá personas mayores cargadas de sentimientos de culpa y lastrados por la idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor e incluso apegados a algo y luchando dramáticamente por ello, aunque sea aquella juventud que ya voló. Todo esto es causa de sufrimiento y un pesado baldón que aparta a nuestros viejos (me gusta esta palabra, desgraciadamente un tanto peyorativa) de ese sentimiento de plenitud del que hablamos.

Así que, la ancianidad bien entendida es tiempo de maduración, tiempo de cosecha y de saboreo, experiencia de plenitud, serena aceptación y abandono, al mismo tiempo que una desinteresada y amorosa disponibilidad y entrega a la necesidad de cada momento.