Si hay algo en lo que todas las personas podemos estar de acuerdo, es que la vida es un constante cambio. Nada permanece estático. Todo fluye, todo mantiene un ritmo constante.

Tanto si vivimos en el campo como en una ciudad, somos conscientes de estos ciclos de cambio de estación que se suceden uno tras otro.

Los nuevos aromas y colores del otoño, la caída de las hojas, el olor a humedad en el ambiente. Nuestras calles y parques tiñen con sus pinceles ocres nuestras vidas y nos acercan a la tierra, a nuestros orígenes.

Al igual que los árboles se desprenden de las hojas que en verano nos han cobijado con su sombra para convertirse en alimento para sus raíces y la tierra que volverá a hacerlas brotar renovadas en la próxima primavera, el otoño nos enseña a desprendernos, a dar a la tierra todo aquello que ya no nos es necesario. Nos enseña a renovarnos.

Una de las mayores trabas que nos encontramos los seres humanos a la hora de crecer y evolucionar es que nos apegamos demasiado a las cosas, a las situaciones, a las personas que amamos. Nos identificamos rápidamente con los problemas y nos hacemos títeres de las circunstancias perdiendo el control de nuestra vida.

La inseguridad y el miedo, la falta de autoestima, el temor a defraudar, a no encajar son los que nos llevan a cometer estos errores. Ojalá tuviésemos claro que estamos dotados desde nuestro nacimiento de todas las herramientas que necesitamos para ser felices, y tener una vida plena…

Trabajar con aceites esenciales en los difusores, añadiendo unas gotitas en la bañera, o incluso sobre nuestros hombros cuando estemos bajo la ducha, nos aportará un buen impulso de energía para enfrentarnos a la astenia otoñal, a la vuelta a la vida cotidiana después de las vacaciones, y porqué no, para comenzar a despojarnos poco a poco de todos esos apegos innecesarios y esos miedos del inconsciente. Los aceites esenciales también nos ayudarán en este proceso de entrega a la tierra de los miedos y apegos para poder transmutarlos en energía viva y abono y  florecer en una nueva frecuencia.

Para trabajar la fuerza interior y la fortaleza tenemos los aceites amaderados. Como el cedro, que aporta autoconfianza ante los retos; el pino, que ayuda a sentirse integrado respetando el individualismo de forma equilibrada; el ciprés, que nos ayuda a abrazar todas las experiencias de la vida aceptando los cambios; el incienso, recomendable, sobre todo, para las personas excesivamente mentales. La mirra clarifica y calma la mente, liberando los sentimientos opresivos y limitantes, potenciando la capacidad de trascendencia y transformación. El jazmín es una flor que fortalece la Fuerza interior, sacando todo el potencial latente que llevamos dentro para brillar con Luz Propia, sin necesidad de compararnos con nadie, ni de aferrarnos a ninguna circunstancia. Nos ayuda a aceptarnos tal y como somos realmente.