Continuando con el viaje de reconocimiento de nuestra esencia, hacemos nuestra segunda parada en el elemento tierra, nuestro cuerpo físico.

Sin duda el elemento más tangible y curiosamente el más olvidado. En tiempos de profundo crecimiento personal en los que conectar con el espíritu parece una prioridad, olvidamos que ya somos seres espirituales teniendo una experiencia física, por lo tanto, y como dice el ícaro chamánico: para llegar a Dios hay que aprender a ser humano.

Así que podríamos decir que nuestro primer y principal trabajo es conectar, aprender a escuchar y amar ese templo que alberga nuestra alma. Porque ser espiritual tan solo es vivir nuestra vida de manera plena, consciente y disfrutando de cada maravillosa experiencia que la vida desea entregarnos.

Y el gran regalo de nuestra Madre Tierra, como hijos biológicos que somos de ella, son nuestros cinco sentidos.

¿Cuánto tiempo hace que no coleccionas amaneceres y sonrisas en rostros arrugados que derrochan vida? ¿Cuánto tiempo hace que no disfrutas del aire rozando tu rostro o de unas deliciosas frutas que aparte de regalarnos una maravillosa sinfonía de colores y olores resultan ser uno de los alimentos más saludables para nuestro templo?

¿Cuánto tiempo hace que no acaricias tu propio cuerpo notando cada sensación, escalofrío o cómo tu piel se eriza ante la sensibilidad de tus propias yemas de los dedos?

¿Cómo es la relación con tu cuerpo-templo? ¿Respetas sus descansos? ¿Oyes su voz susurrándote lo que necesita en cada segundo?

Te puedo asegurar que no existe experiencia más espiritual que la de conectar con nosotros mismos a través de nuestro cuerpo físico, el elemento tierra en nosotros.

Sal al parque, descálzate y siente la tierra bajo tus pies. Conéctate a la Gran Madre y deja que ella te susurre los secretos de esta vida terrenal.

Nos creemos solos, aunque estamos completamente rodeados de señales, regalos y experiencias. Pero no podemos ir por el mundo con los ojos mirando una pantalla o protegiéndonos del sol porque nos dijeron que mata.

La vida nace del perfecto equilibrio entre la Madre Tierra y el Padre Sol, pero solo conectando contigo, tu cuerpo-templo y tus ciclos naturales podrás saber cuáles son los momentos más óptimos para tomar unos baños de Sol que no sólo alimentarán tu cuerpo físico sino tu cuerpo energético.

La desconexión con nuestra madre, Gaia, nos ha llevado a la desconexión con nuestro cuerpo y es de vital importancia que volvamos a la tierra y re-conectemos nuestras raíces de forma consciente para tener la guía constante y continúa de vida que todos traemos y no, no hemos perdido.

Sonido, luz y forma, así se creó todo. Desde tu forma, el aspecto más denso de nosotros mismos, escucha una música (sonido) que te transporte y te conecte con tu potencialidad.

Si no sabes cómo conectar con tu cuerpo, te invito a que simplemente lo observes. Que te hagas consciente del descanso o tipo de alimentación que te pide o de sus sensaciones tan solo unos minutos al día. “Siente” cada alimento antes de ingerirlo y verás los cambios en tu dieta y tu bienestar en pocos días.

Si ya estás conectado con tu cuerpo de manera consciente, conecta con la Gran Madre y deja que te hable. Que te muestre cómo fluir con los inevitables ciclos de la vida. Notarás no solo una inmensa paz interior sino que tus energías fluyen con ella.  Y desde esa siempre accesible guía fluye con seguridad por tu experiencia anticipándote y preparándote para los cambios que tú mismo crearás para tu nutritiva experiencia.

Y si ya vives conectado a tu cuerpo y la Madre Tierra, te pido que salgas al mundo y les cuentes a los demás bellos seres humanos lo maravilloso que es vivir desde el simple hecho de escuchar a tu elemento tierra.

La Madre no solo te mostrará la conexión con tu cuerpo, sino que como pequeño fractal que somos de ella, te conectará con tu misión de vida. Y desde ese punto donde cada paso se convierte en gozo y plenitud, la conexión con tu espiritualidad será algo cotidiano.

Porque la voz de tu propio cuerpo, de la Gran Madre y tu propósito de vida, una vez escuchados, no pueden ser ignorados.

Con infinito amor, Inma.