En nuestra tercera parada navegaremos por nuestro elemento agua, nuestras emociones.

Tan solo debemos observar a nuestra querida Madre Tierra para ver que la vida fluye en calma cuando nuestras aguas no se estancan, fluyen libremente, se renuevan y no encuentran obstáculos. Y es que la Naturaleza no es agresiva ni dura, tan solo tiene un perfecto equilibrio que mantiene como base de su bienestar.

Los seres humanos tenemos que aprender a mantener nuestras aguas en calma y eso pasa por permitir que nuestras  emociones se manifiesten y se renueven de la manera adecuada.

No podemos ni debemos vivir sin emocionarnos. Y sobre todo, debemos integrar que las emociones no son positivas ni negativas, tan sólo son.

Ellas nos guían sobre nuestros procesos y muchas veces nos muestran lo que la mente no es capaz de “entender” ya que  las emociones son el lenguaje del corazón. Cuando nos sentimos bien, disfrutamos de la fuerza que esa alegría nos da, pero sin duda nuestro mayor potencial reside en la sombra y en las emociones mal llamadas “negativas”.

¿O acaso no hemos visto infinidad de veces cómo gente llena de rabia o ira la transforma en valentía e inspiración logrando lo que más anhelaba? Ese es el potencial del ser humano y nuestra verdadera alquimia: transformar algo que llamamos malo en una fuerza imparable que bien canalizada es el mejor combustible para activar nuestro poder. Pero ojo, no nos perdamos en negatividades, porque unas aguas en calma y una mente serena crean desde el gozo con el mismo potencial.

Nos han enseñado que las emociones se deben esconder incluso aún cuando son positivas dependiendo de ciertas situaciones. Decimos a los niños y a los hombres que no lloren y a las mujeres se las cataloga de emocionales como si eso fuera algo malo. Y es que si nuestras aguas no son expresadas, renovadas, liberadas y hasta celebradas, se estancan al igual que en un charco y luego nos preguntamos por qué enfermamos.

Vivimos en una sociedad donde hay tanta gente irascible por motivos que ya ni recuerda, que es urgente que conectemos con nuestro cuerpo y nuestro elemento agua para escucharlos a ambos y decirnos a nosotros mismos que los valientes son los que se atreven a expresar libremente su sentir. Seguro que la crítica que podamos recibir no sea hacia nosotros mismos sino hacia la incapacidad de expresar de la persona que nos está juzgando. Que en una interna incoherencia con lo que siempre le dijeron que era lo correcto y lo que su corazón le pide a gritos que  libere, se ve  incapaz de hacer por sus creencias más profundas.

Yo no soy llorona, me permito expresar libremente mi emocionalidad sabiendo que así es como de  verdad fortalezco mi carácter, desde el poder interior, no desde la fuerza. ¿Por qué debería sentirme juzgada por llorar con un anuncio de perfume o un bello amanecer? Pero eso es parte de nuestra energía femenina tan oculta y desequilibrada. Tan solo un reflejo de lo que como sociedad nos queda aún pendiente en el camino.

La mujer enseñará al hombre a amar cuando le enseñe, entre otras cosas, que llorar no es de débiles sino precisamente de personas fuertes, porque la fortaleza interior viene de permitirse, en ese acto de amor propio liberar sus aguas y buscar su equilibrio como la Madre Tierra lo hace. Porque en este caso la flexibilidad y no la rigidez es lo que nos hace fuertes.

Y no es que vivamos tiempos convulsos sino que nuestra amada Gaia no está ni más ni menos que buscando su bienestar al igual que todos los seres humanos. Son tiempos de liberación, eliminación y purga de los conflictos que ya no debemos cargar más y las catástrofes que vemos en la Tierra no son ni más ni menos que un reflejo de lo que nosotros como humanidad estamos trabajando y liberando. Pero claro, esto es difícil de entender empezando porque hemos olvidado que cuando llueve es porque muchas personas así lo desean…

Y mientras que no tomemos conciencia de que la Tierra muestra el proceso de sus hijos, y sobre todo de sus hijas, la Tierra temblará y lo llamaremos castigo.

Yo cada mes cuando le entrego mis aguas lunares, como acto de amor y reconocimiento, la escucho, la agradezco y la bendigo por mostrarme  como un espejo, los pasos que debo dar en mí.

Sin duda para conquistar nuestra autenticidad debemos aprender a navegar por nuestras aguas como el marino más experto.

Una mente en calma es un gran guía para nuestra serenidad pero es el elemento tierra, nuestra conexión con el aquí y el ahora, que como si de un faro se tratara, nos guía y nos puede traer a casa. Un buen enraizamiento, el reconocimiento de que siempre estamos sostenidos nos puede hacer aprender  a disfrutar del viaje de sentir y experimentar.

Recordemos que emocionarnos viendo un bello amanecer o a un animalito es el regalo más maravilloso que nuestra Divinidad puede darnos, no nos privemos de él.

Cuando somos capaces de vivir de manera tranquila una situación que antes nos provocaba un tsunami emocional, podemos decir que lo que esa situación quería enseñarnos, ya lo aprendimos. Y que además, aprobamos con nota.

Feliz día, con amor, Inma.