La necesidad de concienciar a las nuevas generaciones en el amor y el conocimiento
de la naturaleza

Entre los jóvenes… ¿Cuántos diferencian un olmo de un álamo o un abeto de un cedro? Se le da mucha
importancia a los idiomas, pero también debería ser vital conocer nuestro entorno natural. En la
enseñanza se deja grandes lagunas en todo lo referente a la naturaleza. Lo peor es que esas lagunas son
verdaderas bombas de relojería contra la conservación de nuestros paisajes. Cultura viene de cultivo. El
mundo urbano procede y se sustenta del rural. Existe una creciente desconexión entre los jóvenes,
inmersos en un mundo virtual, con la realidad física de la tierra. La leche no sale de un tetrabrik, el agua
no se genera en un grifo. Así, cuando se realizó un ejercicio en varios colegios de Madrid pidiendo que
pintaran una gallina, dio como resultado que muchos habían pintado ¡un pollo asado!
Recuerdo a un niño de unos cinco años, paseando por una pequeña granja instalada en un centro
comercial, que se quedó sorprendido ante unos chivos y exclamó –¡Mamá! ¡Hienas! Estaba claro que su
único contacto con los animales del campo había sido a través de películas, como la del Rey León.
Hace poco una profesora me comentaba que había puesto un ejercicio en primero de ESO que
comenzaba diciendo: ¿cuánto tiempo necesita una pareja de bueyes para arar un campo de tantas
hectáreas…? Esperaba que las dudas giraran sobre la hectárea, pero no, le preguntaron ¿qué es arar?, e
incluso ¿qué son bueyes?
Lo que no se conoce, no se puede amar ni defender para su conservación. Se habla mucho de qué
planeta dejamos a nuestros hijos, pero también habría que pensar ¡qué hijos dejamos a nuestro planeta!
Tenemos una gran variedad de ambientes que nos hace ser el país de mayor diversidad biológica de
Europa, una riqueza natural que enaltece nuestro orgullo. Como botón de muestra, baste decir que el
número de especies endémicas del Parque Natural de Sierra Mágina, en la provincia de Jaén, es
equivalente al del total de endemismos de todas las Islas Británicas. Y se trata tan solo de uno y no
demasiado conocido de los numerosos espacios reservados que existen en nuestra geografia. Esta
riqueza natural conlleva una gran responsabilidad, porque también somos un país con alto riesgo de
desertización. No hay más que mirar el globo terráqueo para fijarnos que estamos ante las mismas
puertas del desierto. Si no apostamos por el medio ambiente y la naturaleza desde las escuelas, en poco
tiempo perderemos los bosques que aún conservamos, y con ello, lo habremos perdido todo.
Por todo ello, es muy importante proporcionar a todas las personas, especialmente a los niños, un
contacto con la naturaleza, tanto como materia de estudio como en su faceta lúdica, excursiones para
conocer el mundo que nos rodea. ¡Un día en el campo vale mucho más que un día en clase! Era una
máxima que aseguraba Giner de los Ríos, un renovador de la pedagogía española y que bajo su impulso
surgió a principios del siglo XX las generaciones de 98 y la del 27: la Edad de Plata de la Cultura
Española. No hay que olvidar que la naturaleza siempre ha sido la primera fuente de inspiración para
todo tipo de artista. Gaudí, el más creativo de nuestros arquitectos decía: Todo sale del gran libro de la
Naturaleza: el gran libro que hay que esforzarse por leer. Todos los demás están sacados de él.
Siempre la naturaleza está presente en las más nobles aptitudes humanas. No se las neguemos a
nuestros hijos.