¿Qué es la vida? la vida puede ser muchas cosas, pero sobre todo es relación. Es imposible vivir y escapar a las relaciones, ya sea con los demás, con nuestro entorno o con nuestros propios aspectos interiores mentales o emocionales. Si no establecemos relaciones, no podemos vivir, así que podemos decir que la persona que establece relaciones, aunque sean negativas, está más viva que la que se relaciona poco o apenas nada.

El Plan Universal tiende a crear entre todos los seres mayores y más amplias relaciones porque su objetivo es alcanzar la unidad. Sin embargo, solamente los seres humanos podemos elegir la cantidad y la calidad de estas. Muchos individuos tienden a encerrarse en sí mismos huyendo por algún tipo de miedo de cualquier conexión con los demás o permitiendo un canal muy débil o superficial, son carceleros de sí mismos y de su corazón, lo cual no evita que, aún así, no puedan soslayar relacionarse  -aunque sea a un nivel casi vegetativo- con sus funciones vitales y su entorno más inmediato: con la comida que comen cada día o con el aire que respiran. ¿Cuál es la condena que padece un reo en su prisión? ¿La pérdida de libertad? Sí, pero sobre todo, la reducción de su capacidad de relacionarse. (Recordemos que dentro de la cárcel existe un castigo aún mayor que es la celda de aislamiento.)

Toda relación está basada en tres aspectos fundamentales: la comunicación, el contacto y la vulnerabilidad y los tres llevan a un mejor conocimiento de los demás y de nosotros mismos. Sin embargo, no creamos que ser extrovertidos y tener un amplio abanico de relaciones significa que nos estemos relacionando bien, por el contrario, personas con pocas relaciones pueden conseguir que estas sean muy ricas y profundas. La diferencia está precisamente en la calidad de esa comunicación y de ese contacto, pero sobre todo en el grado en que estemos dispuestos a abrirnos a los demás y dejar que estos entren y exploren nuestro mundo tanto como nosotros el suyo. Estamos hablando de hacer visible nuestra vulnerabilidad o de ocultarla. Tal vez mostrar nuestra desnudez o esconderla, aparecer ante nuestros prójimos desde los personajes que nos protegen o desde el ser total, mostrarnos con nuestros defectos tanto como con nuestras virtudes.

Las relaciones sanas deben conducir a un mayor y más profundo conocimiento de nosotros mismos y de los demás, sabiendo que no son fáciles y que placer y displacer forman parte de la misma ecuación. Es así, que cuando no existe esta correlación de emociones es porque tales relaciones se desarrollan a un nivel superficial. “No es lo mismo meter la nariz que el corazón en los asuntos del prójimo,” reza un viejo aforismo. No es lo mismo llegar al corazón buscando un mejor conocimiento del otro mientras  dejamos que él llegue al nuestro, que permanecer en un nivel puramente mental donde lo único que hacemos es llenar el tiempo o huir de la soledad.

Otro aspecto importante, por lo tanto, es la  confianza. Sin esta virtud no puede haber una relación profunda, sino tan solo algo superficial y meramente funcional que en último extremo no llega ni siquiera a funcionar. Si no hay un buen nivel de apertura y  confianza, la comunicación es incompleta o falsa, el contacto superficial y la vulnerabilidad inexistente. Dentro de un proyecto, no hay posibilidad de éxito si los miembros que participan en él están invadidos por el virus fatal de la desconfianza.

El valor de las relaciones estriba también en poner al descubierto nuestra capacidad de amar y de ser amados, así como nuestras resistencias y miedos al amor. El máximo conocimiento de uno mismo solamente llega a través de las relaciones y nadie puede recorrer un verdadero camino de evolución personal si no se involucra en ellas en profundidad, entregándose sin miedo a la confrontación y al dolor, pero también, y en igual medida, al goce y al placer.