¿Hacia dónde estamos yendo? ¿Que nos está pasando este año en la que todos nos hemos enfermado o hemos estado a las puertas? Parece que va llegando el momento de ponernos a punto, de restablecer nuestro equilibrio espíritu-alma-cuerpo para poder avanzar, que en el fondo es nuestro cometido y no otro.
Así que la pregunta es cómo conseguirlo. Desde luego, aquí podría daros toda una serie de consejos sanos y saludables respecto a la mente y al cuerpo, como por ejemplo, quitarse los miedos, las frustraciones, las auto exigencias, etc. Sin embargo no os los voy a dar, ya que en mi experiencia todos los consejos se pueden  simplificar en uno solo: la escucha de nuestro niño interior.
Cuando empecéis a sentiros paranoicos hacia el exterior, pensando que vuestros amigos no os llaman y os están dejando de lado, cuando en el trabajo las situaciones nimias os preocupen en exceso y os fustiguéis y sintáis culpables por lo absurdo de vuestros agobios y rencores, cuando sintáis envidias sin sentido, celos de que a los otros les vaya mejor, de no ser valorados, etc. Es entonces el mejor momento para sentaros y hablar con vuestro niño interior, aceptar su egocentrismo y necesidad imperiosa de atención o mimos, sea o no lógica, sea o no racional. La cuestión es que ese niño interior está necesitado de atención y de cariño, quiere que le miren, que le atiendan. Llegado este momento, lo más importante es aceptar esas exigencias por su parte, entenderlas, y así poder poner un razonamiento adulto a sus deseos exagerados e idealizados.
Todos tenemos una falta de cariño, de amor, de atención. Aunque no nos lo creamos, el simple hecho de que por cultura o por desconocimiento (y aquí enlazo con el primer artículo que escribí para la revista) la forma de hacer el amor con nuestras parejas está falta de lo más sagrado: el amor y la elevación del acto sexual hacia arriba, lo más alto. En lugar de esto, seguimos alimentando este acto sagrado con culpabilidad y deseos carnales, sin entender la pureza y la hermosura de este hecho tan trascendental. Por ello, cuando la semilla se ha plantado ya está carente de pureza. Y esto hace que por más que busquemos a veces razones a nuestros males e insatisfacciones vitales, algunas no se lleguen a descubrir a lo largo de esta vida. Con esto no quiero decir que hay que temer el disfrute, sino que hay que gozarlo con la satisfacción más placentera, dulce y limpia que podáis conseguir.
Volviendo a nuestro niño interior cabreado o necesitado. Creo es fundamental hablarle, entenderle, decirle: “si ya sé que hace mucho que no te escucho y no te cuido. No te preocupes, yo estoy contigo. Desde aquí, desde el adulto que soy ahora, te voy a cuidar y alimentar. Esas carencias que tuviste en un pasado, las entiendo, sé que sufriste y yo estoy aquí para decirte que ya no están, que ya no hay peligro porque yo te protejo.”
¡Hacedlo! Quereos lo suficiente como para no haceros daño a vosotros mismos. Todo en nuestras andanzas diarias son reflejos de situaciones pasadas que nos hicieron sentir peor o mejor. Todo tiene un hilo del que tirar para encontrar la clave en el pasado. El cómo lo superéis en el presente se convertirá en el reflejo de las situaciones futuras.

Para aquellos cuya situación es la de temer un inmenso sufrimiento de su niño interior que les empuja a huir de él y a pasar la vida sin escucharlo, les podemos decir que más vale un día llorando que toda una vida de oscuridad.